miércoles, 28 de octubre de 2015

Los parricidas y la Santa Caridad de Toledo


D. Antonio Xavier Pérez y López, en el Tomo XXII de su  «Teatro de la Legislación Universal de España e Indias», nos habla de la "Poena cullei" (la pena del saco), que era un tipo de pena capital reservada a los parricidas en el Derecho Romano, y de como había llegado hasta el siglo XVIII a España y, más concretamente, como se llevaba a cabo en la ciudad de Toledo.

Ciudad de Toledo: a la derecha la Catedral, y al fondo a la izquierda, el Alcázar
(Fotografía: Diliff)

Uno de los delitos más enormes que el hombre puede cometer y que más repugna a la naturales, es el parricida, el qual se comente matando el hijo a su padre, o qualquiera de sus ascendentes, o al contrario, el padre a su hijo a alguno de sus descendientes.

sábado, 26 de septiembre de 2015

La Cofradía de Caballeros de la Veracruz de Lima


D. Manuel Fuertes de Gilbert Rojo, en su libro «La nobleza corporativa en España. Nueve Siglos de Entidades Nobilarias»  (2007), habla sobre una de las cofradías más antiguas de iberoamérica y más importantes de Perú, la de la Santísima Veracruz de Lima, la ciudad de los Reyes. Su fundación, en el año 1540, se debe a D. Francisco Pizarro y a Fray Jerónimo de Loaysa. D. Manuel Fuertes de Gilbert Rojo comente la gran relación que tuvo con la ciudad de Roma, y aspectos tan destacados como la gran cantidad de gracias e indulgencias que obtuvo de los sumos pontífices.

Basílica de la Veracruz e Iglesia y Convento de Santo Domingo
(Foto: Perú Digital)

Su denominación completa era Cofradía de los Caballeros Veinticuatro de la Santísima Veracruz (*). Fue fundada en 1540 por el Marqués D. Francisco Pizarro y el arzobispo Fray Jerónimo de Loaysa, aunque sus estatutos se aprobaron en 1570. Por Bula de Sixto V de 1549 hizo un pacto de hermandad con la Cofradía del Santísmo y Veracruz de Roma. Quizás por estas relaciones recibió de los Sumos Pontífices infinitas gracias e indulgencias, así como valiosas reliquias.


jueves, 20 de agosto de 2015

La Iglesia de San Miguel de Excelsis


En el «Diccionario Geográfico-Histórico de España» (1802) de la Real Academia de la Historia, ya se habla del conocido Santuario de San Miguel de Aralar, cuya antigua cofradía ha llegado hasta nuestros días, haciendo un breve pero interesante recorrido histórico de tan singular templo: "Iglesia magnífica y de mucha devoción en el reino de Navarra, erigida en la cumbre más alta del monte Aralar, del valle de Araquil, a honor del arcángel San Miguel, a quien los navarros invocaron en los lances de armas y experimentaron su favor desde los principios de la restauración. Llamose de Excelsis, y en las escrituras de monte excelsis por la elevación del sitio en que se fundó la basílica. 

Santuario de San Miguel de Aralar 
(Fotografía: Tatiana Seijo Jiménez)


D. Alfonso el batallador donó a esta la villa de Muruela, aunque no tuvo ejecución hasta 7 de enero de 1139 en que la confirmó D. García Ramírez. Había allí un monasterio con su abad, que lo era D. Pedro cuando tomó posesión de Muruela. Años adelante, en 1143, donó el mismo rey al abad D. García la franqueza del sello e ingenuidad de ciertos collazos para que sirviesen al bienaventurado Arcángel y a su iglesia.


sábado, 4 de julio de 2015

La Virgen de la Concha y cadena del Niño Jesús


El escritor D. Carmelo de Dios Vega, autor de «El Perdón de una ofensa» (1948) o «Poemas de Cristal» (1953), en su libro «Zamora de ayer y hoy» (1959), realiza una interesante descripción de la imagen de la Virgen de la Concha o de San Antolín (1), Patrona de la Ciudad de Zamora, contando además la historia del tradicional origen de la característica cadena con la que sujeta al Niño Jesús.

Virgen de la Concha o de San Antolín, Patrona de Zamora
(Fotografía: Wikipedia)

La imagen de la Virgen de la Concha es de hermosa talla, hallándose vestida con ropas lujosas y adornos de oro y plata. Sobre el seno lleva una concha de plata y en la diestra mano sostiene una lanza, en cuyo remate va izada la Seña Bermeja con las armas de la ciudad, señal indeleble de que es su defensora y abogada. A sus pies, un diminuto Niño Jesús aprehendido con una cadena también de plata que la Madre asegura con su mano izquierda. 

martes, 30 de junio de 2015

Sobre las Constituciones de la Archicofradía de la Caridad y Paz de Madrid y los condenados a muerte


El miembro de la Real Academia de Medicina y senador vitalicio, D. Ángel Pulido Fernández (1) en su obra «La pena de capital en España», publicada en Madrid en 1897, tratando el tema de las bárbaros procedimientos en relación a la ejecución de la pena capital, habla sobre las disposiciones que había presentes en las «Constituciones de la Real y Primitiva Archicofradía de Nuestra Señora de la Caridad y Paz» de Madrid, y en dónde se daban diferentes instrucciones según fuera el caso de la pena capital aplicada al reo, ya fuera agarrotado, ahorcado, descuartizado, con reparto de miembros y exposición en parajes públicos, arcabuceado, etc. Además, en dichas constituciones se tratan también otros aspectos llamativos, como la indumentaria que debía llevar el reo según fuera la forma de ajusticiamiento o el delito cometido.

"Ajusticiado"
 Leonardo Alenza y Nieto (1807-1845)

D. Ángel Pulido Fernández cuenta como fue la bárbara ejecución de James Scott (1649-1685), I duque de Monmouth e hijo natural del rey Carlos II de Inglaterra (*), haciéndose eco de la descripción que hizo George Otto Trevelyan (1838- 1928) en una de sus obras: "[...] y el duque de Monmouth, cuya ejecución por luchas políticas verificadas, describe Macaulay en el libro V de su Historia de la Revolución inglesa, y que habiendo entregado seis guineas al verdugo Juan Ketch para que le matase bien y no le diera tres ó cuatro hachazos como hizo con lord Russell, luego recibe una serie de ellos en la cabeza, y mientras se agita sin morir ve que el verdugo arroja el instrumento al suelo, diciendo: ¡No puedo, me falta el valor!, que, por fin coge de nuevo el hacha, dale dos golpes más, y todavía hubo de acabar de amputarle la cabeza a tajos de cuchillo; ambas ilustres figuras, repito, y otras de su índole igualmente atormentadas en el acto del suplicio, denuncian cuán bárbaros y feroces han sido los procedimientos de la humana justicia, y cuán generosas y razonables han podido estimarse las propagandas y disposiciones que han tratado de borrar para siempre de los Códigos la pena de muerte.

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